Opinión | La indecente precariedad laboral

Teresa García Gómez | representante de Iglesia por el Trabajo Decente y responsable de Difusión de la HOAC. Publicado en el semanario Alfa y Omega.

Damos por entendido que la precariedad solo responde a las condiciones de contrato y relaciones laborales, sin tener en cuenta sus efectos y consecuencias que vitalmente nos afectan, extendidas a la vida familiar y social. Tener un trabajo no es garantía de acceso a una vida buena. Cada vez son más las trabajadoras y trabajadores pobres, pues al mismo tiempo que se rebajan los contratos a un nivel indecente (contratos de una hora semanal, falsos autónomos…) se rebajan las coberturas de prestaciones sociales que obligan a la aceptación de cualquier cosa que salga, con la constante amenaza de que detrás hay gente esperando

Cualquiera entra en esta dinámica: las personas jóvenes porque necesitan experiencia laboral; las adultas porque tienen que mantener a una familia o, en su defecto, colaborar a ello; los más mayores porque a partir de los 50 nadie quiere contratar; los inmigrantes porque se les exige trabajar más por estar fuera del hogar. Las mujeres por parte doble: en el productivo, al acceso de los sitios de trabajo; y en el reproductivo y de cuidados, al ser sectores feminizados y sin valoración social de su papel. Este es un modelo laboral inviable para cualquier proyecto de vida, pues genera pobreza, sometimiento y exclusión. Un sistema que, al estar orientado en criterios de rentabilidad y del gobierno del dinero, utiliza y desplaza a la persona y su dignidad. Es la cultura del descarte que Francisco recoge en Evangelii gaudium y en Laudato si’.

Cuando está en juego la dignidad de la persona y su valor sagrado, tenemos que ser conscientes y valorar en qué medida el actual sistema está destruyendo la red social y comunitaria, genera inequidad, inseguridad e inestabilidad en todos los ámbitos de la vida.

Solo podemos reconocernos plenamente como familia humana en la medida en que asumimos el dolor de los otros porque, de alguna manera, es asumir el propio. Todo lo que vive hoy nuestra sociedad está marcado por la profunda pérdida del amor como criterio de organización social. Esta pérdida nos deshumaniza, pues nuestra humanidad solo puede reconstruirse y restaurarse amando, en relación con los demás y con el planeta. «Hace falta volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo, que vale la pena ser buenos y honestos».

El magisterio social de la Iglesia insiste desde Rerum novarum sobre la importancia del ser humano y su relación con el trabajo. Pablo VI ya nos decía en Laborem exercens que el trabajo está en función de la persona y no al revés. Benedicto XVI definía el trabajo decente en Caritas in veritate como «un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad […]. Y el papa Francisco ha reiterado en diversas ocasiones que «sin trabajo no hay dignidad», denunciando con firmeza, que «no todos los trabajos son dignos […]. Esto es inmoral. Esto mata: mata la dignidad, mata la salud, mata la familia, mata la sociedad. El trabajo negro y el trabajo precario matan».

En este sentido, la OIT dice que«sin trabajo decente no podrá cumplirse el primer objetivo de la Agenda para el Desarrollo Sostenible. Efectivamente, el crecimiento económico por sí solo no será suficiente para erradicar la pobreza. […]».

Es necesario que la problemática del trabajo decente tenga un lugar central en las agendas políticas, organizaciones de los trabajadores y trabajadoras, los agentes y organizaciones sociales y en la participación de la misma sociedad. Colaborar a construir y dar visibilidad a experiencias alternativas en la forma de vivir, personal y socialmente: podemos, y debemos participar, y podemos hacerlo mediante nuestras opciones de consumo, potenciando o penalizando determinadas empresas; solidarizándonos con empresas y trabajadores explotados por otras empresas, por los bancos o por las administraciones.

La necesidad de defender un trabajo decente no compete solo a las personas que padecen el trabajo indecente, es responsabilidad de toda la sociedad erradicar la posibilidad de que se pueda admitir como posible un trabajo que no respete la dignidad humana.

De ahí que ITD, como Iglesia encarnada en el mundo obrero y del trabajo, convoca y desarrolla gestos y acciones, junto con otros movimientos, para denunciar la indecente precariedad que es ajena a los deseos de vida buena que propone Dios, Padre Madre, para todos y todas.

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